Nota por: El Universal
Detrás de la villana que incomoda en pantalla, Diana Wiswell muestra su lado más real: una actriz reflexiva, curiosa y fiel a su oficio.

Conversar con Diana Wiswell es descubrir que, detrás de la villana que hoy despierta miles de emociones en pantalla, hay una mujer profundamente reflexiva, curiosa y consciente de su oficio. Su más reciente trabajo en Las de siempre la ha puesto en el centro de la conversación con un personaje que incomoda, que provoca, que no pasa desapercibido.
Y es justamente ahí donde radica su fuerza. “La detestan, entonces es bueno”, dice entre risas, con la claridad de quien entiende que generar emociones es la señal más honesta de que su interpretación está cumpliendo su propósito.
Su personaje es un espíritu libre. Una mujer que no quiere comprometerse con nada, que cree que la vida siempre fluye sin mayores consecuencias y que intenta sostener una existencia ligera, casi despreocupada. Pero las decisiones pesan. Y la vida, tarde o temprano, cobra facturas emocionales. Obligada a resignificar su manera de vivir, debe enfrentar culpas que disfraza con frescura y asumir una maternidad que jamás estuvo en sus planes. Esa transformación es uno de los grandes arcos dramáticos de la historia y Diana lo asume con gratitud.
Aunque sus ganas de ser actriz nacieron en el colegio, su debut fue en 2011 en la serie sobre la vida de Joe Arroyo. Interpretaba a un personaje que, curiosamente, también se llamaba Diana y también era caleña, como ella. “Fue como un guiño de la vida”, dice.
Desde entonces ha transitado una industria que no es estable. Oleadas de trabajo intenso seguidas de períodos de quietud. Audiciones que no siempre terminan en contrato. Proyectos que se caen. Expectativas que se transforman. Pero hay algo que la ha sostenido: amor por el oficio. “Ha sido por amor… o por terquedad”, reconoce con honestidad. Diana no solo estudió actuación. También es comunicadora audiovisual. Mientras construía su camino artístico, decidió tener una segunda formación que le permitiera entender el lenguaje desde otro lugar. Trabajó como asistente de libretos, participó en procesos de escritura y conoció el set desde el detrás de cámaras.
“Pararse en un set sabiendo todo lo que implica lo que hay detrás es mucho más valioso”, explica dejando ver el gran valor que le da a todos y cada uno de los que ponen su esfuerzo en una producción. Cuando se le pregunta cuál ha sido el personaje más difícil, no responde con uno solo. Para ella cada rol implica descubrir a un ser humano distinto. Incluso aquellos que se parecen mucho a ella pueden ser los más complejos, porque la cercanía puede resultar inquietante. “Cuando se parecen a mí no siento que sea más fácil, es todo un reto poder separar a la persona del personaje”, explica.

Aunque hoy interpreta a una mujer con decisiones cuestionables, encontró algunos puntos de conexión. Al inicio del proyecto, su personaje era vegano. Y Diana también lo es desde hace más de seis años.
Más allá de eso, comparten el gusto por viajar, por sentirse libres, por no encasillarse en estructuras tradicionales. Pero en la manera de enfrentar la vida, en la actitud frente a la responsabilidad, marca distancia.